
Hoy, quise buscarme entre tu prosa,
y recorrí presurosa
el laberinto huracanado de tus letras, ...
más no me encontré...
Solamente habías dejado
tres rosas solitarias en tus versos.
Una rosa roja, deshojada y muerta
gritaba
con los ecos de mi propia pena,
tu desamor.
La otra, blanca y aunque bella
me decía que ya nuestra pureza
estaba sufriendo con implacable dolor,
mi engaño.
Mas la última, clausurada a la caricia ...era amarilla...
Y cínica gritaba ante mi rostro, tu desprecio...
Sorbí de a poco la escarcha helada de mis lágrimas,
Y en el cenit de iracunda luna huí espantada,
a refugiarme arrepentida
en el total desconsuelo de mis amargas plegarias.
Ame el sol que se alojó en tu cuerpo,
Ame el sol que se alojó en tu cuerpo,
porque de tu cuerpo nació el calor de tus caricias.
Hilada Roccia
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