martes, 10 de junio de 2014

A U N A M O R E N A


Tienes ojos de abismo, cabellera
llena de luz y sombra, como el río
que deslizando su caudal bravio,
al beso de la luna reverbera.
Nada más cimbrador que tu cadera,
rebelde a la presión del atavío...
Hay en tu sangre perdurable estío
y en tus labios eterna primavera.
Bello fuera fundir en tu regazo
el beso de la muerte con tu abrazo. ..
Expirar como un dios, lánguidamente,
teniendo tus cabellos por guirnalda,
para que al roce de una carne ardiente
se estremezca el cadáver en tu falda...
Carlos Pezoa

REPOSO

Reposo


Entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.

En un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.

Ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.

Otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
                    pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
                              y tener luz
                                        para él
                                                  y mis niñas.



ANECDOTARIO

 Un amigo pidió a Mark Twain que le prestara quinientos dólares,
prometiéndole devolvérselos al mes, en el caso de que continuase
con vida. Cuando pasaron los días estipulados, y al no
haber sido cancelada la deuda, Twain publicó el siguiente aviso
fúnebre: “Comunico a todos mis amigos la triste noticia de que
nuestro común amigo Harry ha fallecido ayer. Me había pedido
prestados quinientos dólares, prometiendo devolverlos pasado
un mes, si es que se hallaba con vida. Como Harry es hombre
de palabra, debe de haber muerto ayer. ¡Que en paz descanse!”.
Risas generales provocó tal aviso, el cual tuvo el efecto que Mark
Twain buscaba.

Espantapájaros





No sé,
me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias
o como  pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;

¡pero eso si!
—y en esto soy irreductible—
no les perdono,
bajo ningún pretexto,
que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Está fue —y no otra—
la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Que me importaban sus labios por entregas
y sus encelos sulfurosos?
¿Que me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronostico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese,
volando, de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!...
y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio
planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera…
aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer a una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay una diferencia sustancial
entre vivir con una vaca
o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos,
soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

Dicotomía incruenta






Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía y forman una mano.
Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.

Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos. 


A la espera de la oscuridad




Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos.