domingo, 1 de junio de 2014

Y te cogí la mano

Aprendí a conversar con tu distancia
cogiéndote la mano.
Reconocí tu voz en la penumbra
que queda más allá del horizonte
cuando encima su lengua cotidiana
sobre los torreones de la herrumbre,
sobre las campanadas de rutina.

Y te cogí la mano
en un descuido de la luz opuesta,
en un soplo contrario a las preguntas.

En las brisas opacas
reconforté mi tacto con tus manos
y suavizaron todos los ponientes
desde los que sonaban los aullidos.

Yo te rocé las manos
y tú no lo supiste,
entretenida
en la ausencia, en tu vida, en las tareas
de la madre que olvida ser mujer.
Autor: Juanmi Jerónimo

La niña hermosa

La niña hermosa no viene.
La niña hermosa se ha ido.
La niña hermosa ya tiene
para pecar sus motivos.

Vuelve tú,
ay niña hermosa.
Quédate a solas contigo
que no por mucho correr
se anda pronto el camino.

Manuel Cortés

COMO RUMOR DE MUCHEDUMBRE




Como rumor de muchedumbre, o ruido
de torrentes huyendo, se construye,
sobre el silencio del durmiente,
el silencio de afuera: el que levantan
los dispuestos en cerco, los que miran
despertando sus armas en tu contra.

Herencia mía, mi plegaria,
hembra fundada en extensiones
hostiles, respirando entre insidiosos
oleajes de ahogo, desarmada.

Ciudad encomendada a mi vigilia,
a salvo junto a mí, con su riqueza
de cuerpos maternales, y de enfermos
tiernamente guardados,
y de suntuosas luces coronadas
y de manos de huérfanos en sueños.

Voy y vengo delante
de ti, sobre mis pasos, en tu orilla,
cómplice de tu cuerpo silencioso;
soy, en tus bordes, atalaya
que te cubre de lejos; voz velando,
llamando, transmitiendo
su noticia nocturna
de centinela sobre el muro.

No para ti los perros de la furia
ni los enrojecidos
humeantes jinetes al asalto;
no la puerta rajada, ni el relámpago
de la espada en la alcoba,
ni el temblor de las sábanas terribles
bajo la violación, ni los gemidos.

Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto
mi corazón. Clavado a la mirada
mía, y a mis pasos,
y al grito de mi boca, y a mi oreja.


MARIPOSA

Mariposa


Maripósate en mí
     aveflor
         marirrosa
               aveniña
                   avemaría.
                       brisa
                          que pasa
                       de prisa
                   y no pesa
              ni pisa
         ni roza
     el pétalo
donde se posa



De: Cielografía de Chile


HA LLEGADO EL OLOR




Ha llegado el olor, el filo
de su dental caricia; la preciosa
amarga flor nocturna: madre nuestra,
collar que junta nuestros cuellos.

Y voy corno embriagado, como en dicha;
como herido me llevan; como sueño
póstumo al despertar, como si hubiera
bebido hasta embriagarme, estoy viviendo.
Como en vino saciado.

¿Dónde el agobio, dónde la pobreza?

Era, de pronto, levantarse
descalzo y con temor, y a media noche,
y a recorrer la casa despoblada
-yo mismo el enemigo-, con la inútil
esperanza de que fuera sólo
un paso de ladrón el escuchado.

Mujer salobre y única,
desnuda irresistiblemente,
que camina, simplísima y desnuda
debajo de sus ropas, madurando
la cosecha de aceites y de humo.
Único día de la vida.

Como en halo de lámpara,
como en regazo tuyo, como en tibio
paladar, sujetado, me someto;
librado a la fortuna, reconquisto
mis brazos y mis deudas, y levanto
mi victoria terrestre.

Yo te regalo ahora
lo que me liga a ti; yo me pregunto,
en medio, qué seguimos; qué pretende
tu corazón.

Acaso yo te miro

en verdad; acaso donde el siempre
y el nunca vuelven comprensibles
la granada y el orden de las uvas
y el gregario esplendor de la mazorca,
y la miel colectiva.

No sin trabajo y guerra me divido
por dentro, y tú me asilas y reúnes
debajo de tu brazo. Y no es en vano.

AUTORES ECUATORIANOS

DE LA QUE PERDIÓ SU SOMBRA
Cómo dejar,
como quien deja un traje por cansancio,
la enajenada piel
tan harta de mi sombra;
y esta remisa mansedumbre
en que he perdido el hilo de mí misma.
Qué arenas increíbles inventar
de puente hacia el vacío
si de rodillas y a solas como un grito
me doy contra el espejo de mi sombra.
Ir hacia parte alguna y retomar
el áspero camino de regreso
a mi antiguo camino.
Ir hacia parte alguna
en donde el sueño
-como perro de viejo conocidose
haya tendido al pie
para aguardarme.
Sara Nelly de Lamas

SÓLO TEMBLOR ARDIENTE






Sólo temblor ardiente, encandilando
hasta el hueso orbital de la mirada,
llamarada de pronto, las paredes
fueron que me guardaban; y en el aire
sólo espiga de pájaros mi torre.

Parado al descubierto estoy, en medio
de lo que fue la calle, en arrasado
territorio de vida -ya ceniza,
ya viento, ya vacío, ya camino
sin comenzar, hacia los cuatro lados
infinitos del círculo-.

Con la sed soñolienta del minero
descenso radical, con el anfibio
lento acuático vuelo
del nadador profundo, alucinado
tras el pez de su rostro.

Y si pregunto, no sé contestarme
en qué estación de trenes, por vez última,
no te encontré; qué instante ya caduco
era para nosotros; conducida
por qué veloz ventana miras; dónde,
ya de espaldas a mí, me estás buscando,
mientras quedé de espaldas al buscarte.

Amiga, si tan sólo fuera
dormir y verte, amiga de aquel tiempo.

Venir al sitio de lo tuyo,
al terror de no hallarte, a mis entrañas;
al sospechoso tránsito sonoro
como de pasos tuyos en tu alcoba,
al olor de tu armario, a tus vestidos
muertos o tus zapatos bostezando.

Y memorias molares desfiguran
el insustituible pan celeste,
y el golpe me despierta: la implacable
cerrazón ominosa
del zaguán de salida que me abriste.

Ámbito de la cita a que no llegas;
la cita a la que acaso vas llegando
cuando ya no te espero. Hemos perdido
otra ocasión para morirnos juntos.

Sólo temblor ardiente, encandilando
hasta el hueso orbital de la mirada,
llamarada de pronto, las paredes
fueron que me guardaban; y en el aire
sólo espiga de pájaros mi torre.

Parado al descubierto estoy, en medio
de lo que fue la calle, en arrasado
territorio de vida -ya ceniza,
ya viento, ya vacío, ya camino
sin comenzar, hacia los cuatro lados
infinitos del círculo-.

Con la sed soñolienta del minero
descenso radical, con el anfibio
lento acuático vuelo
del nadador profundo, alucinado
tras el pez de su rostro.

Y si pregunto, no sé contestarme
en qué estación de trenes, por vez última,
no te encontré; qué instante ya caduco
era para nosotros; conducida
por qué veloz ventana miras; dónde,
ya de espaldas a mí, me estás buscando,
mientras quedé de espaldas al buscarte.

Amiga, si tan sólo fuera
dormir y verte, amiga de aquel tiempo.

Venir al sitio de lo tuyo,
al terror de no hallarte, a mis entrañas;
al sospechoso tránsito sonoro
como de pasos tuyos en tu alcoba,
al olor de tu armario, a tus vestidos
muertos o tus zapatos bostezando.

Y memorias molares desfiguran
el insustituible pan celeste,
y el golpe me despierta: la implacable
cerrazón ominosa
del zaguán de salida que me abriste.

Ámbito de la cita a que no llegas;
la cita a la que acaso vas llegando
cuando ya no te espero. Hemos perdido
otra ocasión para morirnos juntos.

La enamorada





esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!



De: Extracción de la piedra de locura



Ayer, al anochecer



Víctor Hugo
Las sombras descendían, los pájaros callaban,
la luna desplegaba su nacarado olán.
La noche era de oro, los astros nos miraban
y el viento nos traía la esencia del galán.

El cielo azul tenía cambiantes de topacio,
la tierra oscura cabello de bálsamo sutil;
tus ojos más destellos que todo aquel espacio,
tu juventud más ámbar que todo aquel abril.

Aquella era la hora solemne en que me inspiro,
en que del alma brota el cántico nupcial,
el cántico inefable del beso y del suspiro,
el cántico más dulce, del idilio triunfal.

De súbito atraído quizá por una estrella,
volviste al éter puro tu rostro soñador...
Y dije a los luceros: "¡verted el cielo en ella!"
y dije a tus pupilas: "¡verted en mí el amor!"